jueves 5 de noviembre de 2009
martes 27 de octubre de 2009
domingo 18 de octubre de 2009
miércoles 23 de septiembre de 2009
Historia Niverzal Carpetovetónica Cap. 4

Capítulo 4. Hispaña romanizá
Nos quedemos en el anterior capítulo con la coza de que los romanos habían invadío toa la pinínzula Ibérica. Lo primero que dijeron de hacer es cambiale el nombre y ponele Hispaña, que ya ce va paeciendo a como ce le llama hoy. De las peleas, batallas y guerras ya hablamos, acín que ahora vamos a ver cómo ce vivía entonces, anque los viejos dirán como ciempre que mejor que ahora.
Pa empezar esto no era un país cino una provincia romana, que imaginace la cantidá de gente enchufá que tendría que haber en la diputación; es ahora y te ves negro pa contalos. Precizamente de contar esta gente nos trajo los números romanos. Rezurta que anteriormente en el pueblo ce contaba con palotes. A un palote le correspondía el uno; a dos pos el dos y acín tan zucecivamente como ce quiciera. No, no es una tontería, que uno que ce llamaba Julián ce puzo a contar las nubes que pazaban por el pueblo (porque entonces cuando estabas dezocupao te entretenías con cuarquier coza cin que te viniera la mujé a decite de ir al Carreful) y cuando a los meces dijo de contalas no era tan fácil a primera vista de zaber cuántos palotes había ceñalao, acín que el cistema numérico tenía zu punto flaco. Hasta que llegaron los números romanos y contar nubes ce hizo muncho más fácil anque no más cómodo, había que ceguir mirando parriba.
Otra coza que nos dejó esta gente fue el cocío. Esto fue coza de los legionarios que ce acampaban de pazo y zabíamos que estaban allí por lo que atronaban en cuantico ce echaba la tarde. Rezurta que estos zoldaos metían en una perola to lo que pillaban: legumbres, carnes, verduras, morcillas, tocino, huezos, etc. Viéndolos cómo apuraban los platos, penzaron nuestros paizanos que aquello malo no podía estar y más oliendo tan bien antes de comércelo y tan mal después. Pero zobre to, lo que más gustaba eran las peleas de a ver quién golía más o hacía mas ruído. Ezo encandiló a los del pueblo, tan aficionaos como hemos cío de ciempre a la competición.
A cambio nozotros también le dimos cozas, porque ellos no conocían el jamón, conocían el prochiuto, que zuena más a jamón de puticlú. En cuestión de comías ellos nos zuperaban en una coza, en que ce ponían a comer y no paraban más que pa gomitar pa golver a ceguir metiendo cuchara, coza que nozotros no hacemos porque lo que entra ya no zale. Bueno, y ezos los que no le añadían mozas pa comécelas entre plato y plato (cómecelas cexualmente ce entiende). Esto recibía varios nombres: festines, bacanales, orgías (éstas últimas con menos platos y más carne). Cómo cerían estos banquetes que ci ce encartaba, mataban a alguien pa tener algo de qué hablar. Ahora primero nos juntamos pa comé y en cuantico abren la boca los cuñaos es cuando ce organiza el festín.
Ya hablamos de cómo aprendimos latín, que fue más por ellos porque no entendían nuestra lengua que por nozotros, que cí la entendíamos. Y mira que le hablábamos a voces, pero na de na. Y es que no hay más zordo quel que no quiere ver.
Otra de la innovaciones que ce vieron por aquellos tiempos fue la esclavitud. Aquí, a poco que tuvieras dineros te podías hacer de un esclavo que lo mismo te cogía la acituna, que te fregaba la caza o te daba una mano de barniz a las puertas. Porque no cé ci lo he contao, las cazas romanas tenían puertas. Esto fue una novedá. Hasta entonces lo que había eran unas guitas colgás embutías en unos canutillos que entoavía ce ponen delante de las puertas, ceñal de que las dos curturas han permanecío paralelamente. Aluego, con los muzulmanes ce le añadió la tela mosquitera y acín hoy, ci ties que entrar con prizas a una caza, te pazas un buen rato quitando chismes y lo más normal es que llegues al váter ya pa na.
Los esclavos los habían de varios precios cegún pa qué. El nubio de dos metros de alto por otros dos de ancho, era el más caro y tiraba del arao que daba gusto (éste era el más zolicitao por las parientas, que también les deba gusto a ellas y cin el arao). Pa baratos, el bardo anglozajón, que poco cervicio prestaba zalvo algunos cantos pa amenizar los cumpleaños de los chiquillos. Entre las esclavas más caras las zumerias y las perzas. Las primeras eran más de bailar y hacer comías picantes (anque también zabían cocinar) mientras que las perzas eran más de zu caza con la curiocidad de que no podían ver una ventana abierta, que cubrían a la más mínima. A esto ce le llamó percianas precizamente.
A los romanos les encantaban hacer campeonatos de caci tó. Al principio eran tonterías del tipo a ver qué esclavo roaba mejor por un balate, o cuál aguantaba más cin respirá con la cabeza metía en el culo una vaca. Pero no zus creáis que un esclavo era pa toa la vía, que podía liberarce cuando quiciera zobreviviendo al ataque combinao de un tigre, tres leones, un par de rinocerontes y un puñao de avispas.
A ezo lo llamaban juegos y estaban tol día en el estadio, que entonces la entrada era gratis, por lo que al que ce colaba naide le decía na. Uno de ezos esclavos, un íbero con mu güena planta, cogió una manta y en vez de liárcela a la cabeza como es lo normal, ce puzo a darle paces a un toro feo de grande. Triunfó en tos los coliceos romanos hasta que un día en vez de un morlaco le echaron un cocodrilo, que ce las vio y ce las deceó pa zacarle una faena medianamente apañá.
Lo más zolicitao eran las peleas de gladiadores. Ce trataba de matarce por eliminatorias de dos en dos hasta que queara uno vivo. Con el tiempo ce inventaron los deportes, que ce cambió lo de matarce en el terreno por hacelo en las gradas.
Pero lo que más le gustaba a esta gente era construir. En cuantico que veían un roal, allá que levantaban un acueducto, un puente o una carretera. Claro que la mano de obra también la ponían los esclavos, por lo que un puente dende Algeciras hasta Irún les zalía tirao de precio. También construían arcos mu bonitos a la entrá de los pueblos. Tenía zu centío, porque los romanos eran gente mu mal mandá, por ezo que a na que les encargabas cuarquier coza, allá que iban corriendo a pazárcelo por el arco del triunfo.
Los romanos eran como los japoneces, to lo copiaban. De los griegos ce fijaron en el teatro, que ya por entonces había entrao en cricis. Como no había manera de que ce llenara, ce inventaron de hacer medio teatro que lo llamaron anfiteatro, pero ni acín. Tuvieron que Pazar años hasta que empezaron las revistas de Lina Morgan o Zori y Zantos pa que ce viera más gente en las butacas que en el escenario.
En cuestión de cexo cí que estaban avanzaos. Gracias a ellos aprendimos el “cunilingus” que no lo voy a explicar porque es horario infantil, pero cí diré que ce zabe inmediatamente quién no lo practica, ece que está tol día hablando de to. Cí, ece que no tie pelos en la lengua.
Y ni que dicir tiene que los romanos nos enceñaron el Derecho, eza acignatura que la mayoría de los abogaos aún guardan las chuletas que hicieron en la Nivercidad pa aprobala.
Por último contaré un fenómeno que zucedió y que marcaría la historia pa toa la vía. Un güen día ce pazó por el pueblo uno que no tenía pinta de romano. Venía en un caballo blanco y a la na que le tiraron la primera piedra, en vez de degolverla como ceñal de güena voluntad, el hombre puzo la otra mejilla, lo que desconcertó a los paizanos. Ce fue pa la plaza y allí reunió a la gente. Ce tiró tol día hablando (ceñal que el cunilingus no era zu especialidad) zobre un hombre mu güena perzona que habían crucificao más allá de aonde ce pierde de vista una pedrá bien tirá. Predicó que tos teníamos que amanos, que había que quererce anque el de la huerta de al lao fuera mu feo y lo golieran los pies. Que zólo había un dios verdadero y que los otros eran más falzos que un destornillaor de los chinos. Dijo este güen hombre que los domingos eran pa zacrificarlos yendo a miza (llevaba razón, porque por el pueblo hemos tenío curas tan pezaícimos, que la gente iba a miza na ma que pa pedir de que fuera ya lunes).
El cristianismo convenció a munchos, incluzo alguno ce fue con este hombre pal norte haciendo el camino hasta que ce le acabó la grava, más o menos a la altura de Zantiago de Compostela. Como ce verá más alante, to lo que predicaba el cristianismo ce lo pazó por el arco del triunfo la Iglecia, que por algo es romana.
viernes 11 de septiembre de 2009
Historia Niverzal Carpetovetónica Cap. 5

Capítulo 5. Los vicigodos.
El Imperio Romano ce veía de venir que tarde o trempano ce tenía que caer. Basta con ver el Coliceo cómo está. Y es que ezo de invadir un territorio, cogé a la gente y hacelos esclavos, violá a zus mujeres y matar al resto, aquí en el pueblo porque cemos de los que penzamos que to lo que viene de fuera es mejor, pero de Germania pallá, la gente ce lo tomó mu malamente. Tanto que empezaron a cabrearce, y ya zabeis cómo es un germano cabreao, ce hacen bárbaros.
Uno de estos bárbaros era huno. Ce llamaba Atila y ce tiraba tol día encima el caballo. To lo hacía acín, dende comer hasta dormir (dicen las malas lenguas que mientras cabalgaba partía pistachos con las nalgas, que habría que ver cómo tendría la próstola este hombre). Un güen día quizo comprobar cuánto le gastaba el caballo a los cien y tiró to palante. El caballo era mu delicao, tiraba por donde no había yerba y con la tontería llegó a Roma. Pa que la mujer no le puciera pegas a la güelta, cogió lo que pilló y ce lo llevó, anque al ver la cantidad de oro que traía la bronca no ce la quitó naide, porque lo que ella le había encargao era mitad de cuarto de lomo. Aluego de los hunos fueron otros. Como ce quiera que tos los caminos llevan a Roma, en na que hacían unos kilómetros ya estaban en ca Cézar.
Los romanos flojeaban y visto lo visto, empezaron a invadilos, ezo cí, violaron a zus mujeres, hicieron esclavos y pazaron a cuchillo al resto, porque los bárbaros respetaron zus costumbres pa no haceles el feo a los romanos.
Pa entonces ya ce habían visto ceñales de que íbamos a dejar de cer romanos mu pronto, porque en el pueblo apaecieron unos que ce atrancaban con la erre pa hablar. Ce tiraban tol día en la taberna, que pa uno que ce vio zobrio fue porque lo había engañao la novia. Cómo cerían de borrachos, que esta gente dejaba de beber pa olvidar.
Lo que no dejó dudas de que eran vándalos fue cuando un domingo tiraron tos pa la fuente romana del pueblo con zus bufandas de colores pa festejar que un piloto de cuádrigas de zu equipo había ganao la final en el Circo Mácimo en Roma. Lo celebraron quemando un almacén de trigo, tirando medio puente romano y metiéndole mano hasta a las viejas, lo que da idea de lo felices que estaban. Esta costumbre arraigó en el pueblo, ci bien como no tenemos un equipo de júrgol competitivo, a nuestras celebraciones invitamos ciempre al árbitro, que lo uzamos como bandera.
Como ce quiera que esta tierra les gustó tanto, los vándalos ce quearon algunos años, incluzo la bautizaron con el nombre de “Vandalucía”, que menos mal que fuimos hábiles y ce lo cambiamos pa no recordalos.
Los vándalos vinieron con otros que ce llamaban “zuevos”. Estos eran mu de hacer lo que les daba la gana. Conforme ce levantaban lo mismo tiraban a invadir un pueblo que a tirarce por un barranco. Vamos, que tranquilamente ce pué dicir que hacían lo que les zalía de los zuevos.
Finalmente apaecieron otros más organizaos y más cultos (ce tapaban la boca pa regüerzar en miza) y zustituyeron a los vándalos y a los zuevos a bace de cargárcelos. Eran los godos y, como venían pa darle la güelta a Hispaña, les llamemos Bicigodos (anque algún historiador que no conoce la correcta artografía ce empeña en escribilo con b baja). Eran bárbaros pero por lo menos traían un rey al que obedecer, y no zólo ezo, ci no que zabían a qué rey iban a obedecer cuando ce les muriece el que tenían porque traían ya una lista hecha. Cómo cería de larga que empezaron a aprendécela los zagales de entonces y hasta hace poco entoavía la estaban leyendo en las escuelas.
Anque eran más raros que un camión dinciclopedias, tenían en común de que creían en Jezucristo. Esto nos dimos cuenta porque era estornudar y el “¡Jezús!” no les faltaba de la boca. No ostante, había cozas que nos hicieron de zospechar que había algo raro. En la miza, por ejemplo, cumulgaban dándole ellos las ostias al cura. Cómo ce zabe lo curiozos que cemos en el pueblo, cogieron un día a un vicigodo y lo interrogaron. De ezo ce encargaron tres marías de ezas que ce apalancan en la puerta a las ocho la mañana y no ce recogen hasta que no quea gente en la calle pa criticalo. Tú no tengas precupación ci algún día ce te olvía pedir una bombona o ce tan acabao los condones que ellas te lo dicen. Güeno, pos las agentes del KGB con moño ce metieron al vicigodo en la caza y pa cuando zalió ya había zoltao hasta el nombre de la matrona que lo zacó de vientre.
Arrio. Ece fue el nombre que dio y que endeceguía nos enteremos de que era un follonero que lo que quería era dividir a la Iglecia. Cómo no ce pondría el pueblo que allí tol vino que ce cervía era aguao al que no renunciara al arrianismo, y claro, empezaron a ponerce malos. Con indirectas les dicíamos “uh, tu no estás mu católico”. Un recadero ce lo dijo al rey Recaredo, que en un acto de valentía dijo “vaaale, pa vozotros el duro” y acín fuimos tos católicos, como Dios manda.
Los vicigodos ce lo tomaron tan a pecho que empezaron a construir iglecias por tos laos y a llenalas de oro y riquezas. Ce cuentan que amazaron tal cantidad de tezoros que, cuando huyeron porque vinían los moros, no pudieron recogelos y la mitad andan enterraos, por ezo cerá que vale tanto un terreno.
La Iglecia entonces cogió muncha fuerza y fueron los clérigos los que empezaron a mandar por lo bajini. También los había trabajaores, como Zan Icidoro, que ce dedicó toa la vía a escribir un libro mu gordícimo aonde estaba tol zaber. Viendo la cantidad de ignorantes que hay, no cería de extrañar que ece libro también andara por ahí enterrao.
Aluego llegó un rey que estaba en la lista y que ce hizo famozo por el calzao que llevaba: Vamba. Durante zu reinao, uno del mercaíllo de los jueves que vendía ajos, ce repetía diciendo que una vez que tiró con la mujer y los chiquillos pa la playa aprovechando un puente, vio a unos moros en la costa. Esto lo dedujo porque, haciendo un calor que hasta las zardinas ce zalían del agua pa tomar el aire, iban tapaos hasta los cecos. Esto, que paece a cimple vista cin importancia, años más tarde iba a cer la leche, porque íbamos a jartarnos de agua caliente y carne de cabra durante ocho ciglos.
Al final, como ya habían acimilao nuestras custumbres, empezaron a pelearce entre ellos y pa colmo ce acabó la lista de los reyes. Vitiza, que era un rey mu dejao, teniendo tiempo como tenía porque entonces no había que hacer viajes oficiales, ni precidir partíos de júrgol, ni tampoco había yates, no ce le ocurrió escribír otra lista y en cuantico murió ce lió una güena. Zus hijos querían el trono pero uno mu avispao aprovechó que estos estaban haciendo papelicos pa ver cuál de los dos era el elegío, y fue y ce centó en el cillón. Ce llamaba Rodrigo y era más gordo que godo, porque hizo perla y no hubo manera de levantalo del trono real.
Los de Vitiza ce cabrearon hasta más y no poder y empezaron a calentace la cabeza pa ver cómo echaban al Rodrigo. Ce pucieron en contacto con el moro Muza, que ezo de dar un golpe de estao cruzando el mar no le hizo muncha gracia, porque él era más de tierra ceca. Como paza con tos los jefes, Muza dijo de que cí, pero mandó a otro pa ver ci no ce ahogaba cruzando el Estrecho y, cazo de que no, ya iría él. Tarik, el pringao que le tocó el marrón, cogió a otros más pringaos que eran los bereberes (algo acín como los becarios de los árabes) y los metió en unas pateras y ¡hala! que Alá zus proteja. Y vaya que los protejió, pizaron el peñón y dijo: “a esta peña le voy a poner mi nombre” y acín hoy en día ce conoce como el piñón de Gibraltar o Gib-al-tarik (que ya tendría jiba el Tarik como pa paecerce al piñón).
Mientras acaecía to esto, el rey Rodrigo ce entretenía mirando mozas en el Tajo y allí, bañándoce en pelota picá, estaba Florinda la Cava, la hija del conde don Julián. Al paecer, la Florinda estaba como pa mojar pan y Rodrigo, mu cristiano él, ce la benefició religiozamente. Lo de zu hija pazá por la piedra le molestó al conde y le echó una mano al jibao del Tarik. Entre el conde, el Tarik y los camellos, aquello paecía una proceción de jorobaos.
Uno del pueblo los vio de venir y avizó al rey. El Frederico ce precentó en Toledo y como pazó de él, toas las mañanas despertaba al rey a voces diciéndole “eres un maricomplejines” y donde dijo digo Rodrigo dijo diego, acín que por tal de no oílo, organizó un ejército y ce fue más que de bulla. To ofuscao, cabalgó cin mirar por donde iba y ce metió en el rio Guadalete. Allí, entre los mosquitos y que llevaba más traidores que lanzas, zucumbió tontamente y pa cuando nos quicimos dar cuenta, ya teníamos muzulmanes abriendo teterías y tiendas de pan en el pueblo.
Ciete años después, toas las beatas del pueblo rezaban el rozario mirando pa la Meca y de los vicigodos zólo queaban un puñao en el norte haciendo hora pa que naciera don Pelayo, pero ezo es otra historia.
De las Crónicas Carpetovetónicas
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