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miércoles 23 de septiembre de 2009

Historia Niverzal Carpetovetónica Cap. 4



Capítulo 4. Hispaña romanizá
Nos quedemos en el anterior capítulo con la coza de que los romanos habían invadío toa la pinínzula Ibérica. Lo primero que dijeron de hacer es cambiale el nombre y ponele Hispaña, que ya ce va paeciendo a como ce le llama hoy. De las peleas, batallas y guerras ya hablamos, acín que ahora vamos a ver cómo ce vivía entonces, anque los viejos dirán como ciempre que mejor que ahora.
Pa empezar esto no era un país cino una provincia romana, que imaginace la cantidá de gente enchufá que tendría que haber en la diputación; es ahora y te ves negro pa contalos. Precizamente de contar esta gente nos trajo los números romanos. Rezurta que anteriormente en el pueblo ce contaba con palotes. A un palote le correspondía el uno; a dos pos el dos y acín tan zucecivamente como ce quiciera. No, no es una tontería, que uno que ce llamaba Julián ce puzo a contar las nubes que pazaban por el pueblo (porque entonces cuando estabas dezocupao te entretenías con cuarquier coza cin que te viniera la mujé a decite de ir al Carreful) y cuando a los meces dijo de contalas no era tan fácil a primera vista de zaber cuántos palotes había ceñalao, acín que el cistema numérico tenía zu punto flaco. Hasta que llegaron los números romanos y contar nubes ce hizo muncho más fácil anque no más cómodo, había que ceguir mirando parriba.
Otra coza que nos dejó esta gente fue el cocío. Esto fue coza de los legionarios que ce acampaban de pazo y zabíamos que estaban allí por lo que atronaban en cuantico ce echaba la tarde. Rezurta que estos zoldaos metían en una perola to lo que pillaban: legumbres, carnes, verduras, morcillas, tocino, huezos, etc. Viéndolos cómo apuraban los platos, penzaron nuestros paizanos que aquello malo no podía estar y más oliendo tan bien antes de comércelo y tan mal después. Pero zobre to, lo que más gustaba eran las peleas de a ver quién golía más o hacía mas ruído. Ezo encandiló a los del pueblo, tan aficionaos como hemos cío de ciempre a la competición.
A cambio nozotros también le dimos cozas, porque ellos no conocían el jamón, conocían el prochiuto, que zuena más a jamón de puticlú. En cuestión de comías ellos nos zuperaban en una coza, en que ce ponían a comer y no paraban más que pa gomitar pa golver a ceguir metiendo cuchara, coza que nozotros no hacemos porque lo que entra ya no zale. Bueno, y ezos los que no le añadían mozas pa comécelas entre plato y plato (cómecelas cexualmente ce entiende). Esto recibía varios nombres: festines, bacanales, orgías (éstas últimas con menos platos y más carne). Cómo cerían estos banquetes que ci ce encartaba, mataban a alguien pa tener algo de qué hablar. Ahora primero nos juntamos pa comé y en cuantico abren la boca los cuñaos es cuando ce organiza el festín.
Ya hablamos de cómo aprendimos latín, que fue más por ellos porque no entendían nuestra lengua que por nozotros, que cí la entendíamos. Y mira que le hablábamos a voces, pero na de na. Y es que no hay más zordo quel que no quiere ver.
Otra de la innovaciones que ce vieron por aquellos tiempos fue la esclavitud. Aquí, a poco que tuvieras dineros te podías hacer de un esclavo que lo mismo te cogía la acituna, que te fregaba la caza o te daba una mano de barniz a las puertas. Porque no cé ci lo he contao, las cazas romanas tenían puertas. Esto fue una novedá. Hasta entonces lo que había eran unas guitas colgás embutías en unos canutillos que entoavía ce ponen delante de las puertas, ceñal de que las dos curturas han permanecío paralelamente. Aluego, con los muzulmanes ce le añadió la tela mosquitera y acín hoy, ci ties que entrar con prizas a una caza, te pazas un buen rato quitando chismes y lo más normal es que llegues al váter ya pa na.
Los esclavos los habían de varios precios cegún pa qué. El nubio de dos metros de alto por otros dos de ancho, era el más caro y tiraba del arao que daba gusto (éste era el más zolicitao por las parientas, que también les deba gusto a ellas y cin el arao). Pa baratos, el bardo anglozajón, que poco cervicio prestaba zalvo algunos cantos pa amenizar los cumpleaños de los chiquillos. Entre las esclavas más caras las zumerias y las perzas. Las primeras eran más de bailar y hacer comías picantes (anque también zabían cocinar) mientras que las perzas eran más de zu caza con la curiocidad de que no podían ver una ventana abierta, que cubrían a la más mínima. A esto ce le llamó percianas precizamente.
A los romanos les encantaban hacer campeonatos de caci tó. Al principio eran tonterías del tipo a ver qué esclavo roaba mejor por un balate, o cuál aguantaba más cin respirá con la cabeza metía en el culo una vaca. Pero no zus creáis que un esclavo era pa toa la vía, que podía liberarce cuando quiciera zobreviviendo al ataque combinao de un tigre, tres leones, un par de rinocerontes y un puñao de avispas.
A ezo lo llamaban juegos y estaban tol día en el estadio, que entonces la entrada era gratis, por lo que al que ce colaba naide le decía na. Uno de ezos esclavos, un íbero con mu güena planta, cogió una manta y en vez de liárcela a la cabeza como es lo normal, ce puzo a darle paces a un toro feo de grande. Triunfó en tos los coliceos romanos hasta que un día en vez de un morlaco le echaron un cocodrilo, que ce las vio y ce las deceó pa zacarle una faena medianamente apañá.
Lo más zolicitao eran las peleas de gladiadores. Ce trataba de matarce por eliminatorias de dos en dos hasta que queara uno vivo. Con el tiempo ce inventaron los deportes, que ce cambió lo de matarce en el terreno por hacelo en las gradas.
Pero lo que más le gustaba a esta gente era construir. En cuantico que veían un roal, allá que levantaban un acueducto, un puente o una carretera. Claro que la mano de obra también la ponían los esclavos, por lo que un puente dende Algeciras hasta Irún les zalía tirao de precio. También construían arcos mu bonitos a la entrá de los pueblos. Tenía zu centío, porque los romanos eran gente mu mal mandá, por ezo que a na que les encargabas cuarquier coza, allá que iban corriendo a pazárcelo por el arco del triunfo.
Los romanos eran como los japoneces, to lo copiaban. De los griegos ce fijaron en el teatro, que ya por entonces había entrao en cricis. Como no había manera de que ce llenara, ce inventaron de hacer medio teatro que lo llamaron anfiteatro, pero ni acín. Tuvieron que Pazar años hasta que empezaron las revistas de Lina Morgan o Zori y Zantos pa que ce viera más gente en las butacas que en el escenario.
En cuestión de cexo cí que estaban avanzaos. Gracias a ellos aprendimos el “cunilingus” que no lo voy a explicar porque es horario infantil, pero cí diré que ce zabe inmediatamente quién no lo practica, ece que está tol día hablando de to. Cí, ece que no tie pelos en la lengua.
Y ni que dicir tiene que los romanos nos enceñaron el Derecho, eza acignatura que la mayoría de los abogaos aún guardan las chuletas que hicieron en la Nivercidad pa aprobala.
Por último contaré un fenómeno que zucedió y que marcaría la historia pa toa la vía. Un güen día ce pazó por el pueblo uno que no tenía pinta de romano. Venía en un caballo blanco y a la na que le tiraron la primera piedra, en vez de degolverla como ceñal de güena voluntad, el hombre puzo la otra mejilla, lo que desconcertó a los paizanos. Ce fue pa la plaza y allí reunió a la gente. Ce tiró tol día hablando (ceñal que el cunilingus no era zu especialidad) zobre un hombre mu güena perzona que habían crucificao más allá de aonde ce pierde de vista una pedrá bien tirá. Predicó que tos teníamos que amanos, que había que quererce anque el de la huerta de al lao fuera mu feo y lo golieran los pies. Que zólo había un dios verdadero y que los otros eran más falzos que un destornillaor de los chinos. Dijo este güen hombre que los domingos eran pa zacrificarlos yendo a miza (llevaba razón, porque por el pueblo hemos tenío curas tan pezaícimos, que la gente iba a miza na ma que pa pedir de que fuera ya lunes).
El cristianismo convenció a munchos, incluzo alguno ce fue con este hombre pal norte haciendo el camino hasta que ce le acabó la grava, más o menos a la altura de Zantiago de Compostela. Como ce verá más alante, to lo que predicaba el cristianismo ce lo pazó por el arco del triunfo la Iglecia, que por algo es romana.

¡caracoles!